Semblante del Obispo
Jorge Novak, al cumplirse
9 años de su fallecimiento
PADRE OBISPO
JORGE NOVAK
Mons.
Jorge Novak nació el 4 de marzo de 1928 en San Miguel Arcángel, un pequeño
centro rural bonaerense. El 1º de marzo de 1953 realizó su profesión
perpetua en la Congregación del Verbo Divino. Casi un año después, el 10
de enero de 1954, fue ordenado sacerdote de esta compañía religiosa.
Cursó
estudios superiores en la Universidad Gregoriana de Roma donde en 1958
obtuvo el Doctorado en Historia de la Iglesia. En la Congregación del
Verbo Divino fue Prefecto de estudiantes de teología, Rector del
seminario, Consejero Provincial y desde 1972 Superior Provincial. En 1976
fue elegido Presidente de la Conferencia Argentina de Religiosos.
El 7 de
agosto de 1976, Pablo VI lo nombró primer Obispo de Quilmes, Diócesis
creada por Bula Ut Spirituali: Christifidelium utilitati del mismo Papa.
Fue consagrado Obispo en la Iglesia Catedral de Quilmes el 19 de
septiembre de ese año, tomando posesión de esta Diócesis ese mismo día. La
celebración fue presidida por el Nuncio Apostólico Cardenal Pío Laghi,
siendo Obispos consagrantes Mons. Jorge Kemerer y el Cardenal Antonio
Quarracino.
Desde 1977
fue profesor de Historia de la Iglesia en el Centro de Estudios
Filosóficos y Teológicos de Quilmes y en el Instituto Diocesano de
Catequesis. En 1985 fue nombrado profesor titular de la cátedra de
Derechos Humanos en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de
Lomas de Zamora.
En la
Conferencia Episcopal Argentina ocupó diversos cargos: entre 1979 y 1980
integró la Comisión Especial para el Congreso Mariano de Mendoza. Luego
fue Miembro de la Comisión Episcopal de Educación Católica (1982-1985), de
la Comisión Episcopal de la Pastoral Social (1985-1986), de la Comisión
Episcopal para las Misiones (1988-1993), de la Comisión Episcopal para la
Vida Consagrada (1993-1996) y Presidente de la Comisión Episcopal para la
Pastoral de la Salud (1993-1999).
En 1984 viajó
a Costa Rica para disertar en una conferencia sobre Derechos Humanos; allí
comenzó a sufrir los primeros síntomas del síndrome de “Guillén Barré” que
luego paralizó todo su cuerpo. Este trastorno no fue motivo para que Mons.
Novak detenga su actividad episcopal. Lentamente comenzó a recuperar su
motricidad y siguió adelante con su ministerio.
En el
Episcopado argentino, Mons. Novak fue cofundador del Movimiento Ecuménico
por los Derechos Humanos y, junto con Mons. Jaime De Nevares y Mons.
Miguel Hesayne, formó parte del trío de obispos que denunció incisivamente
las violaciones a la dignidad humana que utilizaron los militares del
Proceso de Reorganización Nacional. Este compromiso con el pueblo fue
motivo para ser tildado de "obispo rojo" por los militares, y también le
ocasionó la incomprensión de varios de sus colegas. Su prédica en favor de
los más pobres, su vida austera, su bajo perfil y su gran espiritualidad
van en estrecha consonancia con la defensa de los Derechos Humanos por él
ejercida.
Durante su
vida en la Diócesis de Quilmes Mons. Novak recibió muchas distinciones: en
junio de 1985 recibió el Premio Ecuménico Maimónides, otorgado por el
Instituto Superior de Estudios Ecuménicos. En 1993 fue declarado Ciudadano
Ilustre del Partido de Quilmes “por su lucha en tiempos difíciles,
contrarios de la dignidad del ser humano”, según lo expresó la ordenanza
municipal que documenta este reconocimiento. Luego, por un proyecto
iniciado por el Dr. Emilio Mignone y acompañado por las autoridades de la
Casa de Altos Estudios, en marzo de 1994 fue nombrado Profesor Honorario
de la Universidad Nacional de Quilmes.
Tras padecer
una afección estomacal motivada por un tumor, el 9 de julio de 2001
falleció, dejando el legado de 25 años de servicio a la evangelización, la
opción preferencial por los pobres, la defensa de los derechos humanos y
el diálogo ecuménico en la Diócesis de Quilmes. Su cuerpo descansa en la
Catedral de Quilmes, al lado de los restos de Mons. Gerardo Farrell.
Dictadura e
iglesia
Es suficientemente conocida, no sólo por la sociedad argentina sino
también por la opinión pública mundial, la modalidad de la represión
desatada por la dictadura militar imperante en nuestro país entre 1976 a
1983. Existe a ese respecto una amplísima literatura científica y de
divulgación en varios idiomas, de la cual me limito a señalar algunos
títulos en la bibliografía final (CONADEP, 1984; Mignone, 1986a y 1991a;
Moreno Ocampo, 1995; García, 1995). Su principal instrumento consistió en
la detención en sus hogares, sitios de trabajo o en la vía pública, sin
ningún tipo de enfrentamiento armado, de presuntos disidentes ideológicos
o políticos. Los operativos eran realizados por agentes del estado, en
general oficiales y suboficiales de las tres armas, vestidos de particular
y ocultando su identidad. Los ciudadanos apresados eran conducidos a
sitios ocultos, salvajemente torturados y en su inmensa mayoría
asesinados. Sus restos se incineraban o enterraban anónimamente, aunque en
una alta proporción los prisioneros fueron arrojados vivos desde aviones
al océano Atlántico o al río de la Plata. El gobierno castrense negó
pertinazmente su responsabilidad y hasta ahora las fuerzas armadas
sostienen no estar en condiciones de informar acerca del destino de los
millares de detenidos-desaparecidos. Ese sistema fue tan característico
del régimen de facto que ha dado lugar a que el vocablo "desaparecido"
haya pasado a utilizarse en español en muchos idiomas; la figura delictiva
descripta impulsó la elaboración y aprobación de convenciones
internacionales que tratan de evitarla en el futuro y su recuerdo
constituye un trauma profundo e irreparable en la conciencia colectiva de
la población, dando lugar a constantes y variadas expresiones públicas de
dolor y de repudio.
Como ocurre en situaciones
similares, la reacción de los distintos sectores sociales fue dispar,
oscilando entre la desinformación, la indiferencia, el temor, el
ocultamiento, la justificación, la complicidad, la oposición, la denuncia
y la resistencia activa. Dentro de ese marco, ha merecido la atención de
muchos observadores, tanto argentinos como extranjeros y de algunos
investigadores, el papel de la Iglesia católica y en particular de su
Episcopado. Es lógico que esto suceda por cuatro razones principales. La
primera, el hecho de que numerosos fieles de esa denominación cristiana,
incluyendo obispos, sacerdotes, religiosos y multitud de laicos
comprometidos resultaron gravemente afectados, ingresando en la extensa
nómina de "desaparecidos", presos a disposición del Poder Ejecutivo
Nacional, torturados, asesinados, exiliados o separados de sus cargos. La
segunda, la inserción, tradición y gravitación de esa Iglesia en la
sociedad argentina, que incluye, aunque sea nominalmente y en virtud de la
recepción del sacramento bautismal, a la mayoría de la población. La
tercera, la actual posición del magisterio cristiano-católico, tanto en el
plano universal como en América Latina, en defensa de los derechos humanos
fundamentales, a los cuales considera consustanciados con el mensaje del
Evangelio de Jesús de Nazaret, fundamento de su doctrina. Y finalmente la
fuerza que otorgaba a su jerarquía la circunstancia de encontrarse ante un
régimen político que pretendía defender los valores de la denominada
civilización cristiana y occidental y era al mismo tiempo responsable de
esos crímenes de lesa humanidad. De haber actuado el Episcopado católico
en forma enérgica, llegando a una ruptura, hubiera colocado a la dictadura
militar en una difícil situación, provocando una verdadera crisis de
conciencia en muchos de sus miembros y obligándola posiblemente a
modificar sus procedimientos, en particular en relación con los llamados
desaparecidos.
Dentro de ese marco,
mientras la Conferencia Episcopal adoptaba una posición de extrema
prudencia, limitándose a contactos privados y secretos y a la emisión de
documentos genéricos que reiteraban conceptos doctrinarios sin señalar
responsables, unos pocos obispos se lanzaron a una actividad de denuncia
pública, a la atención, protección y defensa de las víctimas y sus
familiares y a la participación en organismos de defensa de los derechos
humanos. Esto les provocó una virtual ruptura con el régimen, distintas
formas de persecución y difamación y en dos casos su asesinato (uno de
ellos comprobado judicialmente, el del obispo de La Rioja Enrique
Angelelli), mediante la provocación de sendos accidentes automovilísticos
(el otro, menos conocido, fue el del obispo de San Nicolás de los Arroyos,
Carlos Ponce de León). Sin embargo, ambos homicidios no han sido
reconocidos hasta el presente por la Conferencia Episcopal, que ha
aceptado en cambio las mendaces explicaciones oficiales. Cabe señalar
igualmente que algunos prelados y en particular los capellanes militares
se negaban a recibir a las familias de las víctimas y llegaron a actuar de
manera cómplice con las autoridades militares, encubriendo, justificando o
cohonestando los crímenes referidos.
No cabe duda de que entre
los escasos miembros de la jerarquía católica que, sin abandonar su papel
pastoral, se pronunciaron de manera crítica e inequívoca frente a tales
desafueros y procuraron por todos los medios obtener información y
proteger y auxiliar a las víctimas y a sus familias en particular las de
los "desaparecidos" se encuentra el obispo de Quilmes, Jorge Novak. De
ahí el propósito de la investigación aludida que, aunque se encuentra en
su etapa inicial, está proporcionando datos que permitirán elaborar un
cuadro de situación de las fuerzas y sectores eclesiales y comunitarios
intervinientes, arribar a conclusiones que incrementen el conocimiento del
pasado reciente y finalmente esbozar una interpretación correcta de los
hechos y de las causas, concepciones doctrinales y motivaciones de las
diferentes actitudes que se observan (Mignone, 1986a, 1987, 1989 y 1990).
El peso de la
tradición
Ninguna institución y
tampoco la Iglesia católica escapa a la gravitación de su historia y al
marco cultural de cada región. Es verdad que circunstancias especiales,
tanto de orden local como universal, modifican a veces el panorama
heredado, pero ello difícilmente implica una ruptura total con el pasado.
Y con frecuencia se advierte la persistencia de patrones sociales que
reaparecen en momentos de crisis con fuerza inusitada.
El cristianismo llegó al
Río de la Plata a comienzos del siglo XVI y la Iglesia católica se instaló
al amparo de la alianza entre la Santa Sede y la Corona española, en
virtud de la cual la primera concedió a la segunda el denominado
Patronato Regio a través de sucesivos documentos (Mignone, 1986a y
1992a). En virtud de ese acuerdo la Corona se obligó a promover a su costa
la evangelización del Nuevo Mundo. Para ello se reservó un poder omnímodo
sobre la estructura eclesial, con excepción de los aspectos estrictamente
doctrinales y sacramentales. Sus facultades, en virtud de lo dispuesto por
las leyes de Indias, se extendían desde el cobro de los diezmos hasta el
sostenimiento del clero y de sus actividades pastorales, asistenciales,
educativas y misionales. Ello implicaba la designación de los obispos y
del resto del personal eclesiástico y la propuesta, siempre confirmada,
para su ordenación, la creación de diócesis y parroquias, la autorización
para la instalación de órdenes religiosas, la presidencia de los concilios
y sínodos, el pase de los documentos pontificios y hasta el dictado de
normas tan mínimas como la manera de iluminar los sagrarios. Producida en
el siglo XIX la independencia, los gobiernos patrios, a pesar de la
resistencia de la Santa Sede, asumieron en la Argentina, aunque con
atenuaciones, el sistema del patronato, que se incorporó formalmente al
texto de la Constitución Nacional sancionada en 1853. Esa anacrónica
institución perduró en la reforma de 1949 (anulada en 1956) y subsistió en
la letra de la ley fundamental hasta su modificación en 1994. Cabe
destacar, sin embargo, que en 1966 se arribó a un acuerdo con la Santa
Sede en virtud del cual la propuesta para la designación de obispos dejó
de estar en manos del Senado y del Presidente de la Nación, quien se
limita desde entonces a tomar conocimiento anticipado y confidencial de la
decisión pontificia. La constitución sancionada en 1853, que con el
interregno antes señalado y unas pocas enmiendas (1860, 1866, 1898 y
1957) rigió hasta 1994, no establece el catolicismo como religión del
estado federal. Pero este último, en virtud del artículo 21, que subsiste,
se obliga al sostenimiento del culto católico, apostólico, romano. Es
verdad que en la actualidad dicho aporte económico es reducido y se limita
al apoyo a las diócesis y arquidiócesis mediante un sueldo y una
jubilación asignados a los obispos titulares y auxiliares y un salario o
beca para los seminaristas mayores (Mignone, 1986a, 1992a, 1992b, 1995a,
1995b). Lo cual implica, pese a la autonomía de ambos poderes y a la
desaparición del patronato, una suerte de dependencia burocrática. Cabe
señalar también que a lo largo de 186 años de vida independiente, la
convivencia entre el estado y la Iglesia católica fue pacifica y
cooperativa, con excepción de unos pocos y breves episodios conflictivos
derivados de situaciones circunstanciales (1822, 1984, 1954) y privó en
general un tácito modus vivendi.
Lo significativo de la
precedente reseña histórica lo constituye la prevalencia a lo largo del
tiempo de una actitud de subordinación con respecto al estado por parte
del cuerpo episcopal y en menor medida del clero y las organizaciones
católicas. Esa impronta, pese al proceso de secularización de la sociedad
a partir de la década del sesenta, mantiene su vigencia en el imaginario
colectivo, en el seno de la sociedad y en las posiciones de gobernantes y
prelados.
A lo anterior hay que
agregar la persistencia en la mentalidad episcopal, por causa de su
formación teológica previa y pese a los cambios del Concilio Vaticano II,
de una concepción fundada en el ideal de la cristiandad y en la doctrina
del integrismo, que hay que distinguir, a mi juicio, pese a la existencia
de puntos de contacto, del denominado catolicismo integral y del
nacional-catolicismo, también influyente en algunos prelados (Liberatore,
1945; Rovira Belloso, 1977; Loboa, 1977, Poulat, 1977; Boff, 1982; Mignone
1886a, 1991b, 1992a, 1995a y 1995b; Mallimaci, 1988). Para el intregrismo,
dominante hasta la década de 1960, la evangelización se basa en gran
medida en la unión entre el estado y la Iglesia; la ortodoxia de las
normas constitucionales y legales y la colaboración de los distintos
sectores estatales (sistema escolar, fuerzas armadas, policiales y
carcelarias, centros asistenciales, etc.) Una lectura de las pastorales
colectivas del Episcopado argentino desde fines del siglo XIX hasta la
década indicada y las expresiones individuales de muchos obispos, aun
después el Concilio Vaticano II, prueban lo dicho.
Finalmente, un factor
decisivo lo constituye el hecho de que el régimen militar de 1976 a 1983
se presentó como el instrumento providencial e indispensable para
preservar a la Nación de la subversión marxista, que se sostenía estaba
incluso infiltrada en el seno de la Iglesia. Esta circunstancia y las
reservas de numerosos obispos hacia la democracia y el pluralismo
motivaron, pese a los desafueros cometidos, que la balanza se inclinara,
con las escasas excepciones expuestas, hacia un apoyo irrestricto a la
dictadura castrense o, en el mejor de los casos, en una prudente
disposición de comprensión, silenciamiento o justificación de sus excesos.
Ello es visible en los documentos episcopales de la época (Mignone,
1986a).
La Iglesia de
Quilmes
Dentro del cuadro descripto
cabe preguntarse cuáles fueron las razones que dieron lugar a que la
Iglesia de Quilmes, con la guía de su pastor Jorge Novak, adoptara una
posición diferente a la de la mayoría de las jurisdicciones eclesiásticas
argentinas, consagrándose a la defensa y protección de las víctimas de la
represión y sus familias, en particular las que poseían miembros
"desaparecidos", a la denuncia publica y abierta de los abusos represivos
y a la defensa irrestricta de los derechos humanos, bajo el doble
fundamento del mandato bíblico y de la hermandad del género humano.
La respuesta a este
interrogante constituye justamente el objetivo de la presente
investigación y se espera que surja de sus resultados. Cabe, sin embargo,
adelantar algunas hipótesis que podrán o no ser confirmadas por los datos
que se están recogiendo y que habrá que correlacionar con lo sucedido en
otros lugares y con las características estructurales y globales de la
Iglesia católica y de su Episcopado en la Argentina.
La primera consideración
que corresponde señalar es el hecho de que la composición humana de la
diócesis de Quilmes no difiere de la del resto del conglomerado que rodea
a la ciudad de Buenos Aires. En sus diversas localidades y barrios
coexisten hogares de clase media alta, mediana y baja con sectores obreros
y grupos carenciados y marginados. El número de católicos vinculados de
manera directa e intensa a la vida eclesial es, como en todo el país,
reducido y su núcleo más activo, con la excepción de algunas parroquias
que por la modalidad de sus párrocos agrupan a personas de condición
humilde, es de clase media. Y en ésta era fácil encontrar fieles que veían
con buenos ojos el accionar militar, aunque a veces y siempre en forma
privada deploraran sus excesos. En algunos casos, incluso, siguiendo la
tónica oficial y de los medios de comunicación, afirmaban desconocerlos o
tendían a negarlos, y había, claro está, grupos conscientes de lo que
estaba ocurriendo y familias gravemente afectadas, pero eran en general
minoritarios y se sentían aislados de la corriente general de los fieles.
En el curso de la
investigación está surgiendo la evidencia de constantes contradicciones,
disputas, malentendidos y hasta posiciones hostiles y agresivas. Su
conocimiento permitirá, tal vez, develar la trama oculta de los hechos.
Todo indicaría, prima
facie, que la diferente mentalidad prevaleciente y el modus
operandi de la Iglesia quilmeña, que la distingue de muchas otras del
país, se origina en la decidida posición adoptada por su pastor casi
inmediatamente después de asumir su responsabilidad eclesial. Es verdad
que monseñor Novak encontró, tanto en una parte de su clero como en muchos
laicos, una generosa y hasta valiente comprensión y colaboración. Pero ese
efecto, aparentemente, no se habría producido de no haberse contado con la
iluminación doctrinal, el carisma evangélico, el ejemplo, la protección,
el apoyo y la tenacidad del primer obispo de la diócesis de Quilmes.
Si así fuera, cabe
preguntarse las razones por las cuales el obispo Novak reaccionó de manera
distinta a la de la mayor parte de sus colegas. Una clave pareciera
encontrarse en los textos de sus homilías y cartas pastorales que
transcribo como acápite del presente artículo. Es decir, el efecto que le
produjo el contacto con las familias de los "desaparecidos", la visión de
su desamparo y la iniquidad del silencio oficial. Pero otros pastores de
su Iglesia estaban igualmente acosados por esos mismos familiares y no los
recibían, o lo hacían de mala gana o delegaban esa tarea en sus
subordinados. Y fuera de alguna consulta formal a las autoridades que
inexorablemente tenía una respuesta negativa, se limitaban a deplorar el
episodio o, lo que es peor, a justificarlo en aras de la presunta
pacificación del país y a la supuesta culpabilidad de los apresados.
¿Es que Novak era de
distinta madera que otros obispos? ¿O su formación y su experiencia eran
diferentes y lo impulsaban a acompañar de manera activa el sufrimiento del
prójimo y a oponerse a la injusticia? ¿O el contacto con esa terrible
realidad le provocó una suerte de iluminación espiritual que lo lanzó, con
prudencia pero firmemente, a constituirse en un paladín en la búsqueda de
la verdad y la justicia? ¿O ya en términos de la mística cristiana, podría
afirmarse que tuvo Novak una docilidad al llamado de la gracia divina
infinitamente mayor que otras almas, que con similar abundancia
sacramental y responsabilidad pastoral, prefirieron negarse a esa
convocatoria y se adecuaron sin dificultad a la tranquilidad de las
ventajas políticas y temporales?
No estoy en condiciones de
intentar una respuesta a tales interrogantes, que podrán surgir o no como
resultado de nuestra investigación. Tengo intuiciones, derivadas de mi
contacto personal con el obispo Novak en la época de la dictadura militar
y de referencias que se han ido acumulando a través del examen de los
archivos, las publicaciones y las entrevistas.
Mi propósito consiste,
simplemente, en tratar de exponer un marco contextual que constituya una
avance en la tarea de organizar y encauzar los elementos fácticos
acumulados en la presente investigación y plantear las premisas que
permitan arribar a conclusiones de utilidad para el conocimiento de los
factores que inciden en las decisiones de los hombres y en el actuar de la
sociedades. Sobre todo cuando, como en este caso, están en juego valores
sustantivos como son la vida, la libertad, la integridad física y psíquica
y el bienestar de los miembros de la familia humana. *
El 10 de septiembre de
1976, al día siguiente de mi ordenación episcopal, abrimos de par en par
las puertas de la recién creada diócesis de Quilmes [...] La puerta de la
curia se abría una y centenares de veces para dar paso a familiares de los
"desaparecidos" [...] Personalmente he atendido centenares de casos de
familiares que acuden en procura de asistencia espiritual y material [...]
Me resultó corriente pero también obsesivo escuchar relatos de secuestros
[...] Mi experiencia personal me ha llevado a sentir la tragedia de la
injusticia en nuestro propio medio. Tal es el caso de los familiares de
los desaparecidos a quienes se les niega una justicia elemental: la
información sobre sus hijos [...] No puede ignorarse el problema de la
represión sistemática o selectiva acompasada de asesinatos y torturas, de
desapariciones y exilios, de los cuales son víctimas tantas personas,
incluidos obispos, sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos en el
servicio al prójimo [...] El relato bíblico de los Macabeos nos evoca el
genocidio perpetrado entre nosotros contra una generación joven con
voluntad de mejorar la situación de sus conciudadanos [...] Ninguna
sociedad culta podrá admitir lo que ha sucedido: una autoridad prepotente
mostró instrumentos refinados de tortura y profanación en jóvenes vidas la
dignidad excelsa de la imagen de Dios (Monseñor Jorge Novak, Homilías y
Cartas Pastorales, 1976/1981).
No pocos juzgan que los
obispos de aquel momento debieron romper toda relación con las
autoridades, pensando que tal ruptura hubiera significado un gesto eficaz
para lograr la libertad de los detenidos. Sólo Dios conoce lo que hubiera
ocurrido de haberse tomado ese camino. Pero sin lugar a dudas, todo lo
hecho no alcanzó para impedir tanto horror (Carta Pastoral de la
Conferencia Episcopal Argentina del 27 de abril de 1996).